ᴾˡᵃⁿᵉˢ ᴾᵉʳᶠᵉᶜᵗᵒˢ

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𝐃í𝐚𝐬 𝐀𝐧𝐭𝐞𝐬...

Draco despertó en una habitación del hospital, conectado a una serie de máquinas mágicas que emitían suaves destellos de luz y pitidos rítmicos. El aire olía a pociones, y una ligera bruma de hechizos curativos flotaba en el ambiente. Al abrir los ojos, lo primero que hizo fue girar la cabeza, esperando encontrar la familiar figura de ojos verdes que llenaba sus pensamientos. Pero en lugar de Harry, encontró a su madre, Narcissa, quien al verlo despertar, se levantó de inmediato y lo rodeó con su cálido abrazo.

—Hijo... hijo... Oh, gracias a Salazar que estás vivo —murmuró Narcissa, su voz quebrada por la emoción mientras acariciaba suavemente la mejilla de Draco.

Draco parpadeó, sintiéndose aturdido, su mente aún atrapada entre los sueños y la realidad. Pero había algo que lo preocupaba más que su propio bienestar.

—¿Dónde está Harry? —preguntó con dificultad, su voz apenas un susurro. Sentía como si todo su cuerpo estuviera hecho de plomo, pesado y débil.

Los recuerdos del accidente volvían lentamente a su mente. Había visto a Harry ese día, había visto su rostro mientras todo sucedía. Harry lo había visto, impotente, mientras el carro avanzaba sin control hacia él. Draco cerró los ojos, el dolor de recordar la angustia en los ojos de Harry era casi insoportable. Su corazón dolía al pensar en lo que debió haber sentido su amado.

—Mamá... —jadeó, intentando sentarse— ¿Harry está bien? Llovía... Harry odia la lluvia, no debería estar fuera bajo la lluvia...

Narcissa lo empujó suavemente hacia atrás, obligándolo a quedarse recostado.

—Tranquilo, Draco. Quédate aquí —le susurró con ternura, aunque su preocupación era evidente—. El Señor Potter no ha venido estos días porque siente que no puede verte hasta que haya encontrado al responsable de lo que te pasó.

Draco la miró con el ceño fruncido, pero su madre continuó acariciando su brazo para calmarlo.

—Está bien, Draco. Todo estará bien —lo tranquilizó, sacando un frasco de poción de su bolso—. Tómate esto, te hará sentir mejor.

Draco miró la poción con desconfianza, pero sabía que no tenía otra opción. Agarró el frasco y bebió el líquido espeso, haciendo una mueca de asco mientras lo tragaba.

—Sabe horrible —murmuró, intentando contener el sabor amargo en su lengua.

Narcissa rió suavemente, una risa que se sentía como un bálsamo entre tanta tensión.

—La medicina nunca sabe bien, querido —respondió, su sonrisa algo más relajada, aunque la preocupación no la abandonaba del todo.

Draco se quedó en silencio un momento, antes de que una nueva pregunta cruzara su mente. Algo que había estado rondando en sus pensamientos desde hacía mucho tiempo, pero que nunca había tenido el valor de preguntar.

—Mamá… —dijo, su voz baja— ¿Sabes qué pasó exactamente con los padres de Harry?

La atmósfera en la habitación se tensó de inmediato. Antes de que Narcissa pudiera responder, la puerta se abrió de golpe y entró Sirius Black.

—Yo te lo contaré —dijo Sirius, su voz firme—, pero con una condición.

Draco lo miró, sus ojos fríos y evaluativos.

—¿Qué condición? —preguntó con un deje de desafío en su tono.

—Te alejarás de Harry para siempre —respondió Sirius, directo y sin rodeos.

Narcissa intentó intervenir, su tono suave pero lleno de reproche.

—Sirius, no puedes pedirle eso…

—Ahora no, Narcissa —cortó Sirius, manteniendo su mirada fija en Draco—. Malfoy, promételo. Si no lo haces, renunciarás a tu trabajo en el Ministerio. Es tu elección.

Draco sostuvo la mirada de Sirius, sus ojos grises brillando con una mezcla de rabia y desafío. No dijo una palabra, pero su silencio fue suficiente para que Sirius continuara.

—Bien —dijo Sirius, tomando el silencio de Draco como un acuerdo tácito—. Respira hondo, porque esto no será fácil de escuchar.

Sirius se acercó lentamente y, tras un profundo suspiro, comenzó su relato.

—Los padres de Harry confiaron en la persona equivocada. Peter Pettigrew, el traidor que ayudó a resucitar a Voldemort, fue quien reveló su escondite. Él les vendió la información, y esa misma noche, Voldemort fue tras ellos. —La voz de Sirius se tornó sombría—. Llovía mucho, una de esas tormentas terribles que oscurecen todo. James y Lily pensaron que era un día más. Una cena familiar normal. Pero… la tragedia cayó sobre ellos.

Draco observaba, sus manos crispándose sobre la sábana, sintiendo un nudo formarse en su garganta mientras escuchaba.

—James trató de enfrentarse a Voldemort, pero fue asesinado. —La voz de Sirius tembló ligeramente—. Lily hizo lo que cualquier madre haría, protegió a Harry, lo escondió y trató de darle tiempo para escapar. Pero no fue suficiente… yo llegué tarde. Lo único que pude hacer fue llevarme a Harry de allí, cubrirle los ojos para que no viera el horror.

El silencio que siguió fue pesado, lleno de una historia que Draco apenas podía imaginar.

—Lucius era un auror en ese entonces —continuó Sirius—. Pero nunca atrapó a Voldemort. Pensé que era por venganza, por todas las bromas que James le había hecho en Hogwarts. Pero luego descubrimos la verdad… que tu padre había estado apoyando a Voldemort todo el tiempo.

Narcissa desvió la mirada, claramente incómoda con la dirección que había tomado la conversación. Los recuerdos de esos tiempos oscuros eran dolorosos para todos ellos.

Sirius, sin embargo, volvió a mirar a Draco, su rostro endurecido por el rencor.

—Por eso odio a tu padre —concluyó con frialdad.

Draco lo observó durante un largo momento antes de hablar, su voz más fuerte de lo que se esperaba.

—¿Y qué tengo yo que ver con eso? —preguntó, su tono desafiante—. Yo no soy mi padre.

Sirius lo miró en silencio, pero Draco no terminó.

—Renunciaré a mi trabajo —dijo Draco, su mirada fija en Sirius.

—Draco, no puedes... —comenzó Narcissa, alarmada.

—Pero no por la razón que usted espera —continuó Draco, ignorando la protesta de su madre—. Nunca abandonaré a Harry. Lo amo y estoy dispuesto a luchar por él, incluso si eso significa enfrentarme a usted. Renunciaré porque ya he enviado mi solicitud al Departamento de Inefables. Seré digno de Harry, y no dejaré que nada ni nadie me lo arrebate.

Sirius lo miró en silencio, sorprendido ante la determinación de Draco. Había esperado muchas cosas, pero no esa respuesta.






























Dos días después de que Draco despertara en el hospital, un eco de pasos apresurados resonó por el pasillo, seguido por un par de voces familiares que lo llamaban.

—¡Draco! —gritaron Blaise y Pansy al unísono, entrando con tanta prisa que casi chocan entre ellos al llegar a la cama de su amigo.

Sin darle tiempo a reaccionar, ambos se lanzaron sobre él en un abrazo apretado. Aunque Draco normalmente hubiera intentado empujarlos, en esta ocasión no tenía ni la fuerza ni las ganas. En el fondo, había echado de menos a sus amigos más de lo que quería admitir.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Pansy en voz baja, sus ojos brillando con lágrimas que se resistía a derramar. Había algo feroz en su expresión cuando agregó—: Esa perra de Astoria recibió su merecido.

Draco sonrió débilmente, agradecido por su lealtad, aunque el comentario lo hizo sentir algo incómodo.

—Estoy mejor —respondió, su voz un poco ronca.

Blaise, que se había apartado lo suficiente para dejarle respirar, añadió con tono casual, aunque sus ojos traicionaban la preocupación:

—Bueno, al menos tú estás mejor… Potter casi se nos desmaya hoy.

Draco levantó la vista de inmediato, alarmado.

—¿Qué? ¿Qué le pasó? —preguntó con urgencia, su corazón acelerándose ante la mención de Harry.

Pansy intercambió una mirada rápida con Blaise antes de responder con suavidad.

—No ha comido en días. Parece que todo el dolor que ha estado reprimiendo finalmente le está afectando la salud.

Draco bajó la mirada a sus manos, que descansaban sobre las sábanas blancas. Es mi culpa. Cerró los ojos por un momento, tragando la culpa que lo oprimía. Sabía que Harry sufría, pero escucharlo así… no podía soportarlo.

—Tienen que ayudarme —dijo finalmente, su voz más firme—. Mañana me dejarán salir a caminar un poco. Necesito que hagan que Harry venga a buscarme.

Blaise y Pansy lo miraron con preocupación.

—Pero… ¿estás seguro de que estás bien? —preguntó Blaise con cautela, sabiendo que Draco podía ser terco hasta la médula.

Draco lo miró directamente, su determinación clara.

—Lo estaré en cuanto lo vea. Harry me necesita, y yo no he estado para él en toda esta semana. Necesito verlo, no puedo seguir así… no puedo vivir sin él.

Los dos amigos se miraron nuevamente, esta vez con una sonrisa cómplice. Sabían que cuando Draco se fijaba un objetivo, no había manera de detenerlo.






















El día siguiente, tal como lo había planeado, Draco se encontró corriendo por las calles, su respiración acelerada, pero su mente fija en una sola cosa: encontrar a Harry. Sabía exactamente dónde estaría. Había pasado suficiente tiempo con él para conocer sus hábitos, sus refugios. Sabía que en su tristeza, Harry iría a uno de los lugares donde solían encontrarse, lugares que les traían paz.

A lo lejos, divisó la torre del reloj y sonrió, aunque sus pulmones ardían por el esfuerzo. Aceleró el paso, ignorando el dolor en sus piernas mientras el impulso de verlo lo empujaba hacia adelante.

Harry... pensó con desesperación mientras corría hacia la entrada del lugar. Se detuvo un momento, apoyándose en un poste mientras recuperaba el aliento. Sus ojos recorrieron la multitud ansiosamente, buscando esa figura familiar entre la gente.

Finalmente, lo vio. Parado a unos metros, con los hombros encorvados y la mirada perdida, como si toda la esperanza lo hubiera abandonado. Parecía un hombre derrotado, alguien que había llegado al final de su camino sin encontrar lo que buscaba.

Harry... susurró Draco en su mente, sus ojos llenándose de lágrimas ante la imagen de su amado tan desolado. Sin poder contenerse más, comenzó a caminar hacia él.

Harry, como si sintiera su presencia, levantó la cabeza y miró a su alrededor. Cuando giró la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Draco, hubo un momento de total silencio, como si el mundo entero se hubiera detenido.

Harry lo miró como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

—¿Estoy muerto? —preguntó, su voz temblorosa mientras daba un paso hacia él.

Draco sonrió a través de las lágrimas que se acumulaban en sus ojos.

—No —respondió con suavidad.

Harry dio otro paso, su rostro lleno de asombro y esperanza entremezclada con confusión.

—¿Estoy soñando? —murmuró, sus ojos verdes brillando con una mezcla de incredulidad y anhelo.

Draco soltó una risa suave, cargada de emoción.

—No, Harry. Estoy aquí.

En ese momento, Harry no pudo contenerse más. Se lanzó hacia Draco, abrazándolo con tanta fuerza que casi lo tiró al suelo. Draco lo rodeó con sus brazos, sosteniéndolo como si nunca fuera a dejarlo ir.

Harry se separó ligeramente, solo para tomar el rostro de Draco entre sus manos, mirándolo detenidamente, como si aún dudara de su existencia.

—¿Eres real? —repitió, su voz apenas un susurro.

Draco sonrió con ternura, llevando las manos de Harry hacia su pecho, donde su corazón latía fuerte y rápido.

—Sí, soy real —confirmó—. Y este latido del corazón... es por ti, Harry. Ha estado latiendo por ti desde el día en que nos conocimos.

Harry sonrió, un destello de felicidad pura iluminando su rostro antes de que sus manos descendieran hasta la cintura de Draco, tirando de él para besarlo.

Por fin, después de siete días que parecieron una eternidad, ambos pudieron fundirse en ese beso, el mundo alrededor desapareciendo mientras lo único que importaba era que estaban juntos, que habían encontrado el camino de vuelta el uno al otro.



















Actualidad...

Harry llegó a la Mansión Black con una sonrisa que parecía iluminar toda la entrada. La reciente conversación con su suegro había salido mejor de lo que jamás hubiera esperado, y ahora solo quedaba una cosa más por hacer. Al entrar al salón, vio a su padrino, cómodamente sentado en el sofá, absorto en su novela de la noche. Harry se detuvo un momento, observando cómo su padrino, relajado y despreocupado, no tenía idea de lo que estaba a punto de discutir.

Respiró profundamente y se acercó.

—Padrino… —llamó Harry con un tono suave pero firme.

Sirius no apartó la mirada del televisor, pero hizo un sonido gutural, lo que significaba que estaba escuchando. Harry interpretó eso como una invitación para continuar.

—¿Podemos hablar? —preguntó con una mezcla de ansiedad y esperanza.

Sirius, con un suspiro pesado, apagó el televisor y giró la cabeza hacia su ahijado. Había una chispa de curiosidad en sus ojos, aunque no dijo nada de inmediato, esperando a que Harry comenzara.

Harry se sentó a su lado, su mente buscando las palabras adecuadas. No era fácil articular lo que estaba sintiendo en ese momento. Se humedeció los labios, dispuesto a hablar, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Sirius lo interrumpió con una sonrisa astuta.

—Quieres casarte con Draco.

Harry parpadeó varias veces, sorprendido de que su padrino hubiera acertado tan rápidamente. La sorpresa pronto dio paso a una sonrisa suave y nerviosa.

—Sí… así es. —Harry respiró hondo antes de continuar, sabiendo que necesitaba expresar claramente lo que sentía—. Mira, sé que nunca has sido fan de los Malfoy. Sé que tienes tus razones, que crees que me merezco lo mejor, ya sea un buen hombre o una buena mujer. Pero… ellos no son Draco. Ninguna de esas personas es como él. —Su voz se suavizó mientras trataba de encontrar la forma exacta de describir lo que Draco significaba para él—. Lo que siento por él… va más allá de lo que puedo poner en palabras. Es más que mi pareja, más que un amigo cercano. Conocer a Draco fue como… encontrar la respuesta a una pregunta que ni siquiera sabía que me estaba haciendo.

Sirius, que al principio parecía dispuesto a escuchar con escepticismo, frunció ligeramente el ceño, aunque sus ojos reflejaban un toque de comprensión. Harry continuó, con sus sentimientos cada vez más claros.

—Draco es parte de mí, Sirius. Es parte de mi alma. Lo quiero más de lo que alguna vez pensé que podía querer a alguien. —Levantó la vista hacia su padrino, la seriedad de sus palabras llenando la habitación—. No es solo amor. Es… —Harry dudó un segundo— como si no pudiera imaginar mi vida sin él. Y después de estos días separados, me di cuenta de que lo que más me asusta no es la desaprobación de los demás ni los prejuicios… sino la idea de perderlo. Pelearé por él. Por nosotros.

El salón se quedó en silencio por un momento, solo roto por el sonido del viento golpeando suavemente las ventanas. Sirius observó a su ahijado en silencio, procesando cada palabra. Había algo en la forma en que Harry hablaba de Draco que le recordó lo que él mismo había sentido por James y Lily en su juventud. Esa sensación de que harías cualquier cosa por la persona que amas, de que todo lo demás parecía trivial en comparación.

Finalmente, una sonrisa lenta pero genuina se formó en los labios de Sirius.

—Realmente lo amas, ¿no? —preguntó con una suavidad que rara vez se veía en él.

Harry asintió, devolviendo la sonrisa.

—Sí… amo a Draco. —Una risa suave escapó de sus labios mientras continuaba—. Me desafía, me saca de quicio, me vuelve loco la mitad del tiempo. Pero… la idea de no verlo todos los días, de no tenerlo en mi vida, es lo que realmente me mata. —Sus ojos brillaron con determinación—. Lo que más temo no es lo que diga la gente, sino perderlo. Lo he pensado, y sé que no será fácil, pero estoy dispuesto a luchar por él. No me importa lo que digan, voy a estar a su lado, siempre.

Sirius lo miró durante unos segundos más, evaluando lo que acababa de escuchar. Había visto crecer a Harry, había sido testigo de sus luchas y sus triunfos, y sabía que su ahijado nunca hablaba así a la ligera. Este era un Harry que hablaba desde lo más profundo de su corazón.

Finalmente, Sirius asintió, una chispa de orgullo brillando en sus ojos.

—Eso es lo que quería escuchar, Harry —dijo en voz baja, inclinándose hacia adelante para posar una mano en el hombro de su ahijado—. Tienen mi bendición.












Un mes después…

—¡Salud! —exclamaron al unísono, levantando sus jarras y brindando alegremente.

Draco se detuvo un momento antes de dar un sorbo, disfrutando de la calidez del momento. Su mirada vagó por el lugar con una sonrisa suave en los labios. Era agradable estar allí, lejos del bullicio del trabajo y los problemas del Ministerio, simplemente disfrutando de la compañía de sus mejores amigos.

—Este lugar tiene buena cerveza —comentó Blaise con una sonrisa pícara, limpiándose los bigotes de espuma que le quedaban en la boca—. Creo que volveré más seguido.

Pansy se rió, mirando la fila que serpenteaba fuera del pub.

—Es un lugar popular hoy en día. No es tan sorprendente que haya tanta gente intentando entrar —comentó con una sonrisa satisfecha.

De repente, Blaise se detuvo para mirar su mano, alzando su anillo de compromiso para que ambos lo vieran. Su sonrisa se ensanchó con un toque de vanidad.

—De todas formas, creo que yo tengo el anillo más lindo. —Su tono era juguetón pero claramente orgulloso.

—¡Ni hablar! —protestó Pansy, extendiendo su mano con una sonrisa de satisfacción—. El mío es definitivamente el más bonito.

Draco los observaba en silencio, con una expresión a medias entre la diversión y la ligera envidia. Entre risas, levantó su jarra y murmuró en voz baja, casi para sí mismo:

—Felicidades… a mí todavía no me han dado un anillo. —Tomó un largo sorbo de su cerveza, como si con eso pudiera ahogar la frustración en su broma.

El ambiente relajado fue interrumpido abruptamente cuando Teddy apareció frente a ellos, con los brazos cruzados y una expresión severa para un niño tan pequeño.

—¡Papá, tíos! —exclamó con tono de reproche.

Draco, Pansy y Blaise reaccionaron al unísono, atragantándose con sus cervezas. Draco casi escupió su bebida y comenzó a toser mientras los otros dos hacían esfuerzos desesperados por disimular, tapando sus jarras con manos inocentes.

—Si beben aquí, van a destruir mi reputación —los regañó Teddy, frunciendo el ceño como un mini Draco, imitando a su padre de manera impecable.

Frente a ellos, la fiesta infantil que supuestamente habían llevado a Teddy –un evento para uno de sus amigos muggles– seguía en marcha. Los niños jugaban, ajenos a la escena.

—He trabajado muy duro por mi reputación —añadió Teddy, casi recitando palabras que claramente había oído antes, cruzándose de brazos como si quisiera enfatizar su autoridad.

Draco sonrió con dulzura.

—Está bien, dejaremos de beber. Ve a jugar, corazón —le dijo, haciendo un gesto con la mano.

Teddy miró a su padre, luego a Blaise y Pansy, antes de apuntar dos dedos hacia sus propios ojos y luego hacia los tres, como advirtiendo que los estaba vigilando. Sin decir más, giró sobre sus talones y se fue a jugar con los otros niños.

—Tu hijo da más miedo que tú —murmuró Blaise entre risas, todavía mirando la figura pequeña y decidida de Teddy

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