A partir de allí todo fue una vorágine de sucesos desencadenados un poco surrealista. Leonard se quitó la camiseta de golpe porque le quemaba la piel, Cassandra intentó levantarse para ayudar a secarle, pero antes de poder llegar resbaló con el líquido vertido en el suelo y se fue de bruces encima de toda la sopa desparramada. Intentó agarrarse a cualquier cosa para no caerse y acabó tirando gran parte de la mesa al suelo ya que lo único que cogió fue el mantel principal. El estruendo fue espantoso y ella cerró los ojos con fuerza, deseando que no hubiera sucedido. Pero en menos de un segundo alguien la levantó del suelo y la apartó de la mesa donde una sopera de cerámica se rompía donde antes había habido su cabeza.
- Gr..gracias - susurró asustada. Cuando dejó de mirar el desastre que había provocado en un segundo se dio cuenta que Leonard estaba sujetándola sin camiseta, que su torso estaba demasiado bien definido como para no mirar y que sus brazos en tensión eran... perfectos. Se le secó la boca y el corazón le bombeó tanto que perdió la visión un momento. Se aferró a él mientras él a regañadientes la dejaba en pie en el suelo. - Yo madre... lo siento
- Ni una cena Cassandra, ni una. - su madre salió echa un basilisco del comedor y sus hermanos se descojonaron detrás mientras ella seguía sumergida en un trance. Por primera vez le dio vergüenza lo que alguien pensara de ella.
- Debo irme, voy a cambiarme - dijo sin poder levantar la vista. No supo que le daba más vergüenza, las pintas que debía llevar o el ridículo que debía haber hecho. Le había hecho daño, le había quemado parte del torso, se le veía la piel roja donde la camisa no le había cubierto. Era estúpida, infantil, estaba tan cabreada consigo misma... se regañó una y otra vez todo el camino hasta su habitación.
Le subieron una bañera, se desnudó y se metió hasta que el agua estaba helada. Pidió otra y volvió a sumergirse hasta que la cabeza dejó de hacerle ruido. A veces deseaba ser como las demás: recta, fácil, sin dramas a su alrededor. Pero luego todo le parecía aburrido y hacia algo que rompía todo el esfuerzo hasta ese momento. Y era vuelta a empezar, ver la decepción en los ojos de su madre, los cuchicheos de la sociedad... y ahora se le sumaba alguien que le había empezado a importar demasiado como para que no le afectara todo lo que le incluía a él.
- ¿Puedo? - dijo Leonard cerrando la puerta detrás de él. - Perdón, no me imaginaba que estarías aun en la bañera. Te he traído algo de cenar, al final no has comido nada. - Empezó a parlotear un poco nervioso. Ella se encogió intentando taparse, supongo que era instintivo, pero todo el jabón hacía que no se viera nada de nada. - Tu hermano... me cubre, en teoría estoy con él...
- ¿Estás bien? - dijo ella a punto de llorar mientras le miraba medio sumergida.
- Ni se te ocurra llorar - susurró el acercándose - ha sido sin querer, estoy bien
- Dios, es que siempre hago lo mismo
- ¿El que? ¿Ser divertida? ¿Romper alguna que otra regla social? - sonrió el mientras dejaba la bandeja al lado de la bañera y se agachaba a su lado. Le acarició el pelo suavemente, mientras le levantaba la barbilla con la otra mano - No todo es culpa tuya, mira, estoy bien - se desabrochó un par de botones y enseñó la zona, se veía un poco roja aun pero no había ningún tipo de ampollas por el calor. Ella alargó el brazo y acarició la piel, parecía que no se acababa de creer lo que veía con sus propios ojos.
- Lo siento - susurró abatida. Sus ojos la traicionaron y se desviaron a los labios de él sin poder evitarlo. Había querido besarle cada segundo que había estado allí en esa mesa, se sentía atraída como un imán. El bajó su mano que aún seguía en su pelo hasta el cuello y la acercó sin ningún tipo de pudor. Parte del agua se sobrepasó de la bañera cayendo en el suelo de la habitación y ella se reincorporó para poder agarrarle con fuerza la cara que la estaba devorando. Se separaron suficiente como para que él se quitara la camiseta y se desabrochara los pantalones. Estaba acostumbrada a ver cuerpos masculinos, había nacido con demasiados hermanos barones, pero esto no era lo mismo, Cassandra notaba como su cuerpo estaba quemando, como sus mejillas se sonrosaban y como su corazón empezaba a bombear sin control. No podía dejar de mirarlo, estaba esculpido por los dioses, sus músculos se marcaban como si de un libro de anatomía se tratara. Se le olvidó el decoro completamente y le dejó espacio para que se metiera en la bañera. La abrazó por detrás mientras la acunaba, se dejó querer por su tacto, sus besos en la cabeza y sus caricias suaves que le recorrían los brazos. Cerró los ojos y dejo que la rabia y la decepción desaparecieran antes de girarse y mirarle. Sabía que el tiempo apremiaba, que en breves ya no estaría allí reconfortándola.
Su pelo le caía por la cara, mojado, sus labios estaban hinchados de llorar y sus ojos brillantes de expectación. Estaba preciosa así tan natural, si normalmente tenía esa aura salvaje ahora era un diamante brillante, preciosa, un huracán de fuerza arrebatadora. Era un imán para él, le iba a llevar a la ruina, no podía dejar de arriesgarse, de quererla cada día un poco más. Entró en la bañera detrás de ella, la meció en sus brazos y la apretó fuertemente. Olía a jazmín, olía a naturaleza. Se detuvo en cada rinconcito de sus brazos, unas caricias suaves, dulces, hipnóticas. Necesitaba hacerle entender que con él podía sentirse a salvo, ser su casa, quería, necesitaba, mejor dicho, que se diera cuanta que nunca le haría nada que pudiera dañarla. Que la quería así de libre, así de ella. No tenía suficiente de su cuerpo, de sus palabras y de su mente. El Leo de hace unos meses no se hubiera creído lo locamente enamorado que podía llegar a estar. ¿Cómo iba a aceptar algo menos que esto si ella no cedía? No se iba a casar si no era con ella. Esa afirmación le cayó como agua fría, pero la asumió, entendió que era algo que no podía cambiar y rezó para sus adentros para que todo saliera bien. Y cuando ella se giró todo el autocontrol desapareció, aprovechó cada segundo que le quedaba antes de tener que irse para besarla, quererla y hacerle el amor.
A partir de ese día todo se reducía en intentar verse, en esconderse entre cortinas y amarse tanto que casi explotaban. Un sin fin de momentos robados que cuidaban con cariño. Cassandra un poco más cerca de ceder y Leonard un poco más cerca de la locura.
Pasó más de dos meses antes de que las cartas llegaran a sus destinos. Pocas palabras para tanto significado "El país solicita sus servicios para la guerra. Debe alistarse antes de final de semana" a Cassandra nunca le había importado tan poco la guerra que se cernía. Le importaba una mierda lo que pasaba en las fronteras, no era la culpa de nadie que el gobierno hubiera decidido luchar por algo que no estaban preparados. Ella no quería que ninguno de sus hermanos se fuera, no quería que Leo desapareciera de su vida. Pero sus deseos eran puramente eso, algo vacío sin valor en el mundo cruel y hasta que no los salpicó no se dio cuenta de lo mucho que le arrebataría.
No se despidió, no se despidió de nadie. Se escondió en su habitación como una niña pequeña que asume que si no lo ve no va a pasar y se arrepintió cuando la semana siguiente la casa se encontraba tan vacía que dolía.
Leonard había ido a verla, pero ella había cerrado la habitación. - Déjame entrar, por favor - había escuchado en un susurro - Te quiero, recuérdalo, lo siento - su voz desgarrada cruzaba la puerta
- Se libre - le había dicho ella con todo el dolor, pero no le había abierto la puerta.
Todos habían tenido que marchar hasta Hoffkins, el mayordomo, había tenido que presentarse a pesar de su avanzada edad. Solo rezaba porque todos volvieran sanos y salvos. Pero el tiempo pasó, los meses y pronto se dio cuenta que nadie estaba haciendo el trabajo de la casa, nadie estaba revisando, gestionando, comprando materia prima para la fábrica de la familia Shalby. Su madre se pasaba el día mirando por la ventana, rota por dentro, sin ningún tipo de vida. Así que cogió el dolor, la pena y la guardó en una cajita bien al fondo. Trabajó muy arduamente para que todo saliera para adelante, de golpe y porrazo empezó a llevar la casa con todo lo que suponía eso. Firmó falsamente un justificante de poderes donde decía que su hermano Robert le transmitía los derechos de forma temporal hasta finalizar la guerra para poder gestionar todo. A pesar de ello tuvo que mentir, enseñar cartas falsas donde su hermano le decía que tenía que hacer. Fue la única manera que no la tomaran a broma y pudiera realmente volver a poner en marcha la fábrica.
Cada noche se iba a dormir tan agotada que no tenía tiempo de pensar, pero los ojos de Leo aparecían en su mente como una caricia y de golpe entendió que si sus hermanos no habían podido dejar nada preparado para lo que se avecinaba, los hermanos Quirian tampoco y su madre estaba sola ya que la hermana de los Quirian era aún muy pequeña y se encontraba estudiando a las afueras. Así que la mañana siguiente cogió un carruaje y se plantó en casa de Gianna. Estaba preciosa como siempre, ella se alegró tanto de verla que parloteó hasta bien entrada la hora de comer.
- Quédate a comer, llevo atosigándote toda la mañana, pero des de que se fueron... Casi no tengo compañía - susurró - mi hija también se ha ido, la he enviado lejos por si... por si...
- En casa... en casa estamos igual
Y le preguntó, le ofreció su ayuda, lo buenamente que pudo y Gianna lloró, lloró porque los campos se estaban marchitando, no se había gestionado la recogida de los alimentos, nadie esquilaba las ovejas, nadie estaba cuidando de las tierras y la gente de sus tierras estaban empezando a morir de hambre. Y Gianna no sabía cómo hacerlo, ni por donde empezar asique confió en Cassandra quien organizó y gestionó todo.
Si antes estaba cansada, llevar dos casas la agotaba de manera profunda. Trabajaba y dormía. No salía a pasear, no montaba a Aire, apenas comía y lo poco que lo hacía lo devolvía. Su madre le había advertido varias veces que se estaba enfermando, que se había adelgazado y que tenía que cuidarse. Pero sentía que no podía parar que todo eso era lo único que la hacía seguir en movimiento para no sumirse en el dolor. Todo empeoró cuando se le sumó la pérdida, fue un martes sin más, un martes cualquiera cuando aparecieron por la puerta dos hombres con uniforme. Robert había muerto. No les dieron más detalle que "lo ha hecho con honor" "fue un gran soldado" y otras frases vacías de gente que no le conocía.
Lloró tanto agarrada a su madre que hubo un momento que no tenía más fuerzas y los pocos sirvientes que quedaban, todas mujeres, la llevaron como pudieron a su habitación para que descansara. Pasó más de una semana hasta que su cuerpo empezó a funcionar otra vez, apenas había pasado 4 meses des de que se habían ido y ya no volverían todos. Se le comprimió tanto el pecho delante de ese pensamiento. ¿Cuántos volverían? ¿Cuántos volverían enteros? Después de la noticia apareció Irma, la mujer de Robert, viuda ahora. Nunca le había caído muy bien, aunque le recorrió una pena terrible cuando se dio cuenta que significaba perder a tu marido. Un pensamiento fugaz donde comparó esa pérdida al frío que sintió cuando Leonard se fue, el dolor de la pérdida de un hermano era igual de profundo, pero había algo más, ese miedo terrible que te atenaza el tipo de amor que sintió por Leonard. ¿Sintió? No. Sentía, seguía sintiendo tanto, había sido imposible borrarle. Aun recordaba cada segundo que pasaron hablando, sonriéndose, enredados en la cama... Cada recuerdo era un poco de gasolina para seguir.
Pero Robert... Robert no volvería, su hermano, su padre, su ancla y su espejo en la vida. Aguantó a Irma una semana, una semana de mandatos sin sentido, de quejas constantes y de gastarse el dinero que tanto estaba costando entrar. Así que la echó, le pidió amablemente que volviera a la casa que tenía con Robert y que ahora era suya.
- Robert era el heredero - ladró enfadada - Esta casa es suya, por lo tanto mía.
- Esta casa es de quién la herede, es decir de Matthew que es el siguiente. No es tuya, te hemos acogido, te hemos dado todo porque queremos a Robert, por respeto. Pero no eres nadie para creerte por encima de mi madre. Así que fuera - gruñó Cassandra harta de tantas tonterías. Llevaban escuchando la llorar y quejarse de ella y solo ella. En ningún momento había pensado que esa muerte no solo le afectaba a su persona. Cassandra quería echarla a patadas. Abrirle la puerta y empujarla para que se cayera por el fango del día lluvioso que hacía. Pero se contuvo, se contuvo de agarrarla de los pelos y llevarla hasta la puerta principal a rastras.
- No me puedes hablar así niña mimada. Robert era mi marido, me pertenece algo más que ese pisucho triste. - estaba fuera de sí, solo pedía y pedía sin darse cuenta que no iba a conseguir nada
- No vuelvas a dirigirte a nosotras nunca más. No estuviste aquí para ayudar cuando todos se fueron. Solo te has presentado para ver que te corresponde por su muerte. - Bianca se lenvantó y habló claro y firme. Cassandra se le encogió el pecho, su madre la había defendido - La niña mimada es mi hija y nos ha saco a todos del pozo en que habíamos caído. Agradécele que aun tienes para comer. Y ahora haz lo que te ha mandado, fuera de nuestra casa.
Por primera vez sintió que su madre la apoyaba, que la valoraba y se sintió orgullosa de si misma. Poco duró ese orgullo cuando se dió cuenta que el mal estar, la pérdida de peso y el que no le bajara la regla poco tenía que ver con el estrés.
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